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Testimonianza di: Marta Carballés Méndez
Para Ivan.
Ese concepto abstracto de la guerra, lejano, que se desarrolla siempre en países que poco tienen que ver con el nuestro, se desmorona ante determinados hechos que nos ayudan a recordar lo pequeño que es el mundo, lo cercanos que nos encontramos los unos de los otros.
Quiero hablar de Ivan Ghitti, mi amigo, uno de los carabinieri italianos muertos en el atentado en Irak del pasado miércoles. Quiero gritar, en su nombre, porque él ya no puede hacerlo, lo injusto de este y de todos los conflictos, la sinrazón de quienes pretenden convencernos de que la violencia es necesaria para lograr la paz (si vis pacem para bellum).
Ivan, así, sin acento, tal y como se pronuncia en italiano, tenía treinta años y unos ojos azules que llamaban la atención. Era rubio, con perilla, y, como yo, callaba más que hablaba. Lo conocí hace cuatro años en Milán, el mismo día que conocí también a mi novio, su mejor amigo, delante de un pizza humeante, exquisita, y, desde entonces, su extrema generosidad, su cordialidad y su manera de comprender la amistad me conquistaron. Tenía una forma especial de tratar a las personas, tal vez derivada de su trabajo, del trato con la gente al que estaba acostumbrado.
Trabajaba muy cerquita de Trieste, en Gorizia, un pueblo muy particular, mitad italiano mitad esloveno, y con esto no me refiero sólo a la cultura, sino al hecho físico real: del castillo para allá, Eslovenia, para acá, Italia. Cuando vinimos a Trieste mi novio y yo por primera vez a buscar piso para mi, en julio de 2002, nos ofreció su casa y se fue al cuartel durante los dos días que duró nuestra estancia aquí, para que estuviéramos cómodos. Nos enseñó la ciudad, los alrededores, nos llevó a la playa…
Chiara era su novia, una chica muy guapa, muy dulce, estudiante de enfermería. Ivan había ido a Irak por dos motivos: uno, porque su manera de ser y la elección que había hecho lo impulsaban a acudir a los lugares de conflicto y ayudar en la reconstrucción. De hecho, había estado tres veces en Bosnia. El segundo motivo, personal, era su relación con Chiara: querían comprar una casa y casarse, y el dinero de está misión les hubiera ayudado a realizar ese proyecto.
Ya no habrá casa, ni boda, ni Chiara, ni pizza humeante en Milán. Ya no tengo a mi amigo, y lo que más me ha afectado ha sido ver su nombre y su foto en los periódicos, en los telediarios, en Internet, junto a una pequeñísima descripción. Era mi amigo, ni carabiniere, ni patriota, ni defensor de unos colores, simplemente mi amigo.
La abstracción de la guerra presenta muchas caras, y las víctimas, los muertos, todos ellos, de una u otra parte, con unos u otros ideales, que hablan una u otra lengua, son personas concretas. He querido acercaros un poco a Ivan con esta carta. Lo voy a echar mucho de menos.
Marta Carballés Méndez
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